viernes, 28 de octubre de 2011

Un cuento para el día de todos lo santos. Parte 1.


El obispado de Salamanca, le concedió a Don Álvaro Muriel del Solano, un pequeño castillo frente a un pequeño monasterio, en un lugar remoto de la sierra, desde allí, debía proteger no solo al rey, sino también a su excelencia, quien tenía planes propios, respecto a muchos de los tesoros que le habían sido entregados, por los buenos cruzados que habían vuelto de la guerra santa.

Don Álvaro había regresado de la guerra con el cuerpo roto y el alma en carne viva. Su rostro en un tiempo hermoso, había perdido un ojo, y la punta de la nariz, su boca se abría casi hasta las orejas, de aquella vez que una cimitarra equivoco su blanco, especialmente cuando se revolvió frente a su enemigo. Tuvieron que amputarle un brazo desde el codo y, todos los dedos de un pie. Hubiera preferido el caballero haber recibido la gloria de Dios en todo su esplendor,  pero sobrevivió y sus días con sus horas eran un infierno de dolor y desesperanza.

Había perdido la capacidad de amar a una mujer no solo con el corazón, también con su cuerpo, su nombre, si es que tenía algún valor, acabaría sobre él, en una tumba oscura.

Se acercaba la noche de difuntos, las campanas de los tres pueblos que rodeaban el castillo doblaron, durante toda la tarde, mezclando sus tañidos con el repiqueteo constante de la lluvia, que caía torrencial sobre la tierra. Don Álvaro, desde una de las torres de su castillo  observaba la melancolía que cubría el cielo y sus conjuntos humanos.

Sus ojos se alzaron a la sierra,  en el mismo momento que un relámpago atravesó la oscuridad, como una lanza llameante, quedo cegado por un momento, se atrevió a sentir una extraña alegría al imaginarse cerca de la muerte, recordaba claramente la sensación, siempre que su vida estuvo a punto de extinguirse, su pensamiento se elevaba por encima de su cuerpo, entumeciendo sus sentidos.  

La sensación se hizo más intensa cuando abrió los ojos, tuvo una visión casi redonda de la torre donde estaba, como si la visión de su ojo perdido hubiera vuelto. Era imposible que un ojo enterrado en tierra santa pudiera ver los campos de Salamanca. Respiro hondo, como si esa fuera la prueba que necesitaba para descubrir a qué lado de la vida estaba. La eterna en manos de Dios, o aquella otra, que cargaba en sus propias manos.

(Continuara…)

7 comentarios:

Carmen Andújar dijo...

Pues a ver como acaba la historia. Desde luego el pobre estaba más del lado de la muerte que del de la vida. Si te quedas como él estaba, más vale morir. Pero los caminos de Dios son inimaginables.
Me ha gustado tu relato.
Un saludo

Neogeminis dijo...

Excelente inicio para esta historia que -parece- vendrá en capítulos!
Saludos de halloblogween!

Ceci dijo...

Un hombre casi espectro, en la mitad entre la vida y la muerte, y tu personaje Lury parece tener el privilegio de saber de que lado está. Magnífico relato, me ha parecido la antesala de lo que promete una espeluznante historia.
Besos

Alicia Uriarte dijo...

Volveré por aquí. No quiero perderme la continuación de esta historia. Presiento que al final pueda resultar algo así como La bella y la bestia y no has querido poner un final tan bello para una noche tan siniestra.
Interesante comienzo.
Saludos.

Luis Bernardo Rodríguez dijo...

Debo confesar que me intriga su continuación. Es hermoso el tejido de palabras construiste,la descripción de ese cuerpo y rostro, a pesar de lo horrible que parezca, es hermoso. Felicitaciones por una interesante muestra de talento narrativo

Juan Carlos dijo...

Que buena pinta tiene esta historia. Y sintiendo el otoño desde la torre del castillo.
Seguirás, ¿verdad?. Saludos.

Liwk dijo...

Me ha gustado mucho cómo has armado la atmósfera del relato y me he quedado con ganas de leer más.
Un beso.